MUJERES

“Las mujeres tenéis la extraña manía de poneros a parir siempre que habláis las unas de las otras”.

“Esa tía es una guarra”. 

“Yo creo que le hace demasiada cadera”.

“Joder tía que siesa eres”. 

“No me extraña que no tengas novio”.

“Se te va a pasar el arroz”.

“A tu edad yo estaba embarazada de tu madre”.

“¿Por qué no te levantas y me traes la sal?”

“Joder, es normal que tarde en sacarse el carnet de conducir, es una chica”.

“En mi casa las cosas siempre han sido así”.

STOP.

¿Qué parte de mí NO es la que NO entiendes?

Mujeres y hombres del mundo: el día que seáis capaces de leer estas frases y sentir un escalofrío por vuestra espina dorsal, el día que identifiquéis estas frases en una oración completa y entendáis que el emisor del mensaje es un “capull@”, ese día seréis tachadas de “feminazis” pero a la vez habréis dado un paso en la extinción de ese término. Ese día naceréis de nuevo. Igual que yo, que por desgracia he tardado 24 años y lo he hecho hoy. En realidad lo hice anoche.

El discurso del día a día, el discurso que masticamos, escuchamos, leemos y aguantamos durante nuestra vida. Y lo pasamos por encima, al igual que nos pasamos por encima a nosotras mismas cuando tras escucharlo nos mordemos la lengua para no buscar una discusión; porque sabemos que terminaremos discutiendo.

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Pero entonces llega el día en el que te arreglas, te plantas en una discoteca. Te pones guapa porque te apetece bailar con tus amigas, estrenar un vestido, sentirte bonita, hacerte fotos, tontear con el chico o la chica que te gusta, hacer el tonto, beber y bailar. No hablo de ir dando tumbos por las esquinas, pero aunque así fuera… sales y punto.

Y aparece él, y la música se detiene. Y todo lo que escuchas es un sin fin de acordes de “Luis Fonsi” cantando sobre las mil cosas que va a hacer en su cama a una tía buena que conoció en una calle, tu no filtras el contenido porque te sabes la letra de memoria y te has bailado esa canción más de 100 veces. Esa persona que te saca a bailar y aceptas… total…es sólo un baile.

Pero te das cuenta de que no es ningún príncipe azul, y de que tampoco habías salido a buscarle. Pero aunque así fuera, tu “príncipe” no es desde luego este maromo que intenta que pongan otra de bachata para poder tocarte con cualquier excusa barata. Te han vendido que vendría el héroe a rescatarte, y aquí tienes al borracho de turno cantando a Maluma y retozando contra lo que hasta hace 10 minutos te parecía el vestido más bonito encontrado jamás en las rebajas del Zara. Quieres que se aparte. Y te apartas. Y te insiste. Y vuelves a apartarte.

En ningún momento entiendes por qué no puede darse por aludido. Si a mí me apartaran así me volvería a bailar con mis amigas y olvidaría lo sucedido. Pero no. Insisten. Y lo que antes era una noche de fiesta para celebrar un fin de exámenes, un trabajo encontrado o que por fin te has olvidado del último capullo, se convierte en una noche de miedo.

No quieres gritar por vergüenza pero te empieza a dar asco absolutamente todo. No gritas pero desearías que todo lo que ahora mismo es tu realidad se esfumara. Pero insisten. Y es ahí cuando lo ves todo translúcido:

Cuando no hay un sí, es también un NO.

¿Quién tiene la culpa? Te juro que esto lo he visto mil veces en las noticias mientras cenaba, ¿por qué sigue protagonizando titulares esta realidad tan triste?

No me había parado a empatizar con los carteles feministas de múltiples cuentas de Facebook hasta esta noche, cuando en mi piel he sentido el escalofrío de una mano indeseada, cuando he descubierto que esquivar no era suficiente. Un capullo. Un sapo. Y nos los venden como príncipes. Les educan creyendo que serán caballeros que tendrán que conquistar a la dama. Pero ni tu necesitas ser conquistada, ni invitada a una copa ni mucho menos rescatada.

Las mujeres estamos aprendiendo. Estamos aprendiendo a amarnos y a respetarnos. A querer al que nos quiere bien y no al que no nos quiere sólo por el hecho de que sea complicado conseguirle. Pero seguimos aprendiendo; a subirnos el listón, a enamorarnos del que nos merezca y no del que nos quite el sueño a base de llantos.

Somos una generación en pleno descubrimiento.

Por un lado descubrimiento sexual. En el que por fin podemos disfrutar de nuestro cuerpo sin ser tachadas de putas y sin necesidad de casarnos o “ennoviarnos”.

Por otro lado descubrimiento del miedo. Porque no todo el mundo está preparado para nuestro nacimiento y seguimos acarreando etiquetas de parte de cerdos como el de esta noche, viejos verdes en cafeterías que te llaman “guapa” como si necesitaras algún tipo de aprobación para tomarte un café con leche o padres que siguen preguntándonos por los novios “serios” que les llevaremos a casa algún día. Porque estar sola puede suponer un problema.

Una generación en pleno descubrimiento de la mayor enfermedad del siglo XXI: la soledad y la fugacidad de las relaciones. Nada dura, no existe un fuego lento, un paseo… y hablar de sentimientos se resuelve con un “tía no te ralles”, “no me cuentes tus dramas” o una cuenta de Tinder donde coleccionar fotos de tíos sin camiseta.

Esto NO es vida.

¿Qué significa ser mujer?

Según la RAE, mujer es aquella que tiene sexo femenino, ¿una vagina a esclavizado a mi género durante más de veinte siglos? A día de hoy no soporto que me vendan cuentos.

No somos amas de casa, ni nos quedamos esperando a que nos traigan el pan mientras amamantamos a nuestros cachorros. Ni si quiera entiendo por qué se nos paga menos si somos capaces de hacer más de 3 cosas a la vez.

¿Por qué narices tiene que darle asco a alguien que yo tenga la regla? ¿Por qué yo no puedo llevar pelos en las piernas? ¿Por qué no puedo elegir? ¿Por qué narices mientras alguno de vosotros lee esto suelta un resoplido por la boca pensando que he mutado a “feminazi”?

Yo señores, hoy lo he visto. Y quiero darle las gracias al capullo de la discoteca de anoche porque, aunque todo esto sea ficción, se ha convertido en mi excusa perfecta para GRITAR con mis palabras todo lo que no le grité anoche a la cara.

Ya no más señores. Ya no más, señoras.

 

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