Como el ave sacado de su tierra.

Hoy el sol se puso en La Isla del Norte. Recién llegada en una caja de cartón, transportada por más de diez aeropuertos, el ave más preciada del mundo se dispone a llegar a la terminal de salidas de una tierra desconocida, de una tierra lejana.

El grito “megafónico” anuncia la partida del vuelo, la despedida de las caricias del viento, de las risas entre palmeras y los bailes a la orilla del océano donde solía soñar.

No recuerda cómo llegó a la caja de cartón y desconoce la técnica para salir de allí, lo único que sabe es volar hacia el horizonte cuando el sol se pone entre las montañas de Paraíso, donde ella solía pasear.

Despertó entre vaivenes de maletas, entre pisadas desatendidas, entre tacones lejanos y máquinas expendedoras de verbos. Aterrizó en un avión, pero ella sabía volar podía haber llegado con sus maravillosas alas de colores si hubiera querido. Pero lo hizo en avión.

Viajó en coche hasta el zoológico más grande que el infinito mundo había creado jamás. Allí estaba dispuesta a vivir durante las siguientes estaciones y quién sabe si toda una vida. Ella desde luego no lo sabía.

Sus plumas se acolchaban como abanicos de seda a un cuerpo coloreado que acababa en pico naranja y ojos miel. Era el ave más bella que el ser humano habría podido imaginar y era capaz de sobrevolar las montañas de la Isla Paraíso, cruzar el estanque de los cocodrilos, bajar al desagüe de sirenas despechadas y cantar al amanecer desnuda hacia el horizonte, todo ello sin dudar.984188_10152573275469043_8845239226383016287_n

Pero en La Isla del Norte no hay montañas Paraíso, las sirenas sufren el amor en palabras digitales y no lloran al hastío. El mar está cubierto de una espuma producto del jabón de las fábricas y el sol a duras penas sale por las mañanas.

No se canta en La Isla del Norte más que en los días de tormenta, para ahuyentar a los lobos que amenazan con asustar a los recién nacidos. Y aunque se cantara, ella nunca lo vería. No desde su caja de cartón en el zoológico más increíble del planeta.

Cada día al despertar luchaba por abrir su caja de cartón y salir a la superficie para volar con las otras aves traídas de otras tierras lejanas, algunas incluso de Isla Paraíso; pero el embalaje impedía que su pico pudiera cortar la cinta, no estaba hecha para esa caja. Siguió intentándolo, cada día imaginaba lo que vería al salir de su jaula y las maravillas que le esperarían. Escuchaba al resto de las aves cantar y volar a su alrededor, ansiaba descubrir el zoológico de La Isla del Norte.

Un día, perdió la fuerza, agotó su paciencia, dejó de roer las cintas y comenzó a cantar. Era el cántico más salvaje y hermoso que cualquier humano podría imaginar, después de todo, las sirenas despechadas le habían enseñado. De pronto, como por arte de magia la caja se abrió, una luz blanca le cegó la vista y sin ser capaz de abrir los ojos echó a volar.

Cubierta por una cúpula de cristal el ave comenzó a ver a sus compañeras. Gaviotas, cuervos, periquitos, papagallos… Todos danzaban al ritmo del zoológico más increíble del mundo. Todos habían encontrado el hogar.

Pasaron los meses y el ave aprendió a sobrevolar la cúpula. Conoció tantas especies como días vivió en la esfera de cristal. Planeaba el semicírculo observando como en el inferior miles de cajas de cartón eran depositadas en esa pecera donde aprendían a convivir con el tiempo.

Cajas de todos los tamaños, se abrían y se esfumaban cada día. Sólo perduraban las más fuertes, las que no se abrían en periodos de tres meses eran expulsadas de la urna, después de todo este era el zoológico más maravilloso del mundo, no había tiempo para hacer madurar a los débiles.

Una vez supo cantar, le enseñaron a volar en espiral, a batir las alas cuando asomaba algún turista rico y a dormir sobre las ramas de los juncos importados y colocados en el epicentro del escenario llamado cúpula. Y pudo llegar a ser una más, pero no una de las que nacían en la esfera. Ella venía de Isla Paraíso.

Cada día soñaba con sus atardeceres al borde del océano, los bailes de batida de alas al caer la luna, las estrellas, el calor de su nido, los cánticos de las sirenas despechadas y como solía volar.

Aquí las alas no se abrían hasta alcanzar el sol, porque el sol no salía por las mañanas.

Añoraba su voz con el murmullo de las olas, las tardes observando el palmeral, la vida en Isla Paraíso. Se sentía como pez fuera del agua, como humano sin objetivos, como beso sin amor, como razón sin motivo.

Había perdido el rumbo volando en círculos y se preguntaba cómo salir del zoológico más maravilloso del mundo sin sentirse una fracasada en el camino.Si se dejaba caer sobre las cajas de cartón, dirían que no tuvo la fuerza suficiente para salir de la caja pero si intentaba romper las paredes con su pico, sólo se lastimaría ella.

Las aves a su alrededor la miraban sorprendidas:

  • “Deberías practicar más, con un poco más de tiempo te acabará gustando”.
  • “Lo mismo sentí yo al principio, pero ahora ya no noto estar volando en círculos”.
  • “Cantar aquí dentro es mejor, tienes una acústica mucho más bonita”.

Ella ya no sabía escuchar. Ella no podía seguir volando en círculos u olvidaría las piruetas que solía hacer cuando el sol se caía y pataleaba sobre la espuma de mar. Ella tenía que salir de la esfera.

Pasó el duro inverno, llegó la primavera, las flores comenzaban a nacer en la palmera de la urna. Todo seguía igual.

Para el quinto día del mes de Mayo ella se desinfló cayendo como una roca sobre todas las cajas de cartón aún por desembalar, perdió la batalla en La Isla del Norte.

  • “Cierra los ojos, pronto llegarás a casa”.

Cuando quiso darse cuenta ya había regresado a Isla Paraíso. Sus hermanas, las sirenas, el sol y la espuma la saludaban alegres de reunirse con ella de nuevo. Todo estaba en su sitio, nada había cambiado. Aplaudieron a su paso su vuelo de colores con destino al sol y los giros que había aprendido a hacer en la cúpula de La Isla del Norte, a los ojos de sus compañeros ella era toda una heroína.

  • “Yo quiero ir también a La Isla del Norte”_ dijo su hermana pequeña.

Ella comenzó a reír y le respondió:

  • “Para cuando aprendas a volar y seas capaz de romper tus miedos con el poder de tu voz. Aguantar ocasos sin sol y mañanas sin amanecer. Para cuando sepas cantar como las sirenas, reir al frío y dormir sobre los juncos solitarios de una rama de importación. Para cuando sepas enorgullecerte de tus colores y amarte al margen de lo que el resto de aves opinen, entonces ya sabremos dar estas piruetas en Isla Paraíso”.

 

 

 

 

 

 

 

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