Homesick

O la morriña de toda la vida…

Una de las cosas para las que nunca estás suficientemente preparado es para este capítulo conocido como “Homesick” o morriña en castellano.

Ese sentimiento que te invade el cuerpo los días lluviosos (que en este país son muchos) y te atormenta la cabeza, recordándote hasta el olor de las lentejas con chorizo que nunca comerías en casa de tu abuela. Pero las echas de menos, les echas de menos y a las lentejas también.

En mis últimos días en España me estuve preparando firmemente para este momento que sabía que llegaría. Es complicado prepararte lo suficiente para esta sensación, cuando doblar un par de calcetines te produce la mayor sensación de desasosiego del planeta, pero con esa sensación antes de cerrar la maleta es con la que te quedas cuando ahora en días de lluvia tienes solamente ganas de llorar.

Y nos pasa a todos. A los más y menos preparados, y es muy sano. Una de las cosas que más admiro de esta aventura es la capacidad para permitirme que estoy generando. Permitirse encerrarse en la cama con una foto de mamá y una canción de Paco de Lucía es un ejercicio tremendamente sano que recomiendo sin lugar a dudas. Porque pasados 10 minutos tu cuerpo españolito tendrá ganas de comer un bocata y salir a la superficie en busca del sol.

Yo sé que el sol está ahí, lo hemos estudiado en el cole y es una tontería pensar que esta isla estará inmersa en los chubascos escandinavos de por vida, porque no es así. Saldrá el sol y nos podremos la camisa bonita y el abrigo rojo, y sino… pues tendremos que aprender a cantar bajo la lluvia.

Llevo ya más de dos meses en este país Grey and Green y no me había sentido así hasta ahora. Por lo que puedo decir que me siento tremendamente orgullosa de no haberme comido ni un paquete envasado al vacío de jamón serrano ni de tener la necesidad de escuchar a Manolo Escobar o a Rocío Jurado.

Sigo avergonzándome de nuestros políticos, criticando los prejuicios españoles y nuestra manía por llamar la atención en cualquier parte, pero también he encontrado una bonita manera de añorarlo en su justa medida ( a los políticos no… por su puesto que no).

No siento que este sea mi país, pero sé que ahora no puedo regresar al mío y una sensación como de llevar aquí más de cinco años me invade a ratitos, pero justo cuando me adentro en ese pequeño “underground” empiezo a hacer cosas o a charlar con CL y todo se me olvida invadida por la necesidad de componer una frase sin mezclar tiempos verbales o pronombres masculinos y femeninos.

La vida en Crichu es más maravillosa de lo que en un principio esperaba y sé que las aventuras en Britishlandia no han hecho más que empezar, pero el Homesick es un libro necesario de empezar y disfrutar del mismo modo que disfrutas la grasilla del “Fish and chips” cuando estás masticando una patata (luego no, que eso es una bomba estomacal) o la satisfacción de ver un pack de 10  KitKat por 1 libra. Son placeres que solo descubrirás al cruzar el charco, al hablar en raro y al empezar tu propia Aventura en Britishlandia.

Adelante.


Comienza el olor a café

Aún recuerdo mi primera impresión al entrar en el jardín del Edén, también llamado Beach Coffee. En España no tenemos muchos sitios así, la tipica cafetería cuqui donde puedes tomarte un café con doscientos nombres distintos en base a la cantidad de leche que quieras, vaya; el típico sitio donde al cortado lo llaman Flat White y las paredes están llenas de papel pintado y recortes típicos del mejor Malasaña.

Sitios así llenos de encanto donde te apetecería volverte sedentario y ver la vida pasar con un té en la mano y una canción de Sabina, así si.

Crucé la frontera del Edén a principios de octubre, con un curriculum en la mano y un nivel de inglés cinturón amarillo. S, la dueña me esperaba con una sonrisa de oreja a oreja y una carpetita rosa para sentarnos y hacerme muchas preguntas terminadas en “dear” o “darling”. He de decir que tras mi fabulosa experiencia en el hotel, sólo con haberme llamado por mi nombre ya se me habrían saltado las lagrimillas, pero el caso es que esto se daba más un aire con mi escuela inglesa, todos muy bonicos con sonrisas “Trident Splash”.

Tras una idílica entrevista y una invitación a cinco tipos diferentes de café, lo sabía. Tenía que hacerlo lo mejor por conseguir ese trabajo en los jardines del Edén. Así lo hice.

El día de mi prueba ya empezaba a chapurrear con la leche y a hablar con clientes, de manera que sí; lo conseguí.

  • Mamá, ¡me lo han dado!
  • ¿Que te han dado qué, cariño?
  • Coño mamá, el trabajo…
  • ¡Enhorabuena!12107712_10153625801939043_2685713269916310785_n

Desde entonces, me huele el pelo a caféy disfruto de la tranquilidad que da saber que estás en el lugar y en el momento deseado y elegido, pero esto… esto requerirá un episodio a parte.

Pronto empezaría en un trabajo con un horario laboral normal, mejor pagado, con compañeros ingleses y de cara al público. Olor a flores en primavera, pajaritos piando, caramelo tostado y niños cantando en el parque… de nuevo volvía a sentirme en el idilio de Crichu y sus fortalezas.

Me quedaba un día para empezar cuando me dispuse a  skypear con mi mejor amiga para mantenerla al tanto de las buenas nuevas:

  • Nena que he conseguido el trabajo, parece que voy haciéndome un huequito aquí…
  • ¡Enhorabuena! No veas como me alegro.
  • Gracias tía, estoy… ¡feliz!
  • Oye muy bien, parece que todo va cogiendo forma, ¿y de amores qué tal?
  • Pues…

Continuará…

Un comentario en “Homesick

  1. Una de las cosas bonitas de estar lejos es que te hace sentir viva, porque sufres lo que no has sufrido nunca, pero también disfrutas de cosas que ni te imaginabas. Y sobre todo descubres quién eres, a base de nuevos retos, nuevos escenarios (“¿pero qué hago yo en Mordor?” es pregunta constante) y muuuuuucho tiempo a solas. Ánimo, que los abrazos de la vuelta van a saber mejor que nunca!

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