Arrivederci Roma.

Welcome to England.

Comenzaré este episodio, haciendo un pequeño inciso que creo imprescindible: toda española que se precie tiene que conocer un grupo de italianos al viajar a Inglaterra. Esto es así “A truth as a temple”.

Yo, que soy muy respetuosa con este tipo de tradiciones tuve la preciada suerte de conocer a mi grupito de italianos en la escuela cristiana en la que estoy matriculada. Mi escuela, es una escuela muy molona y hay gente de todo el mundo, menos de España, por lo tanto los italianos son como los papás adoptivos en este tipo de viajes, así fue para mí.

“Italy and Spain sometimes it´s the same”

En el momento que les conocí, cuando me preguntaron de donde era y les dije “Spain, Madrid” se les iluminó la cara. En ese momento supe que me habían adoptado.

Los días con ellos fueron sobre ruedas. Es cierto que tenemos una cultura y unas tradiciones similares, comida fabulosa, un clima de en sueño, sangre en las venas y arte a punta pala. La única diferencia es que ellos hablan cantando y moviendo la mano derecha en forma de capullito y al jamón serrano le llaman “prochuto” (pero el nuestro está más rico). Cantan por la calle, van gritando en italiano y adoran comer y beberse una cervecita al sol en una terraza, vaya que sentirme como en casa era pan comido.

Otra de las costumbres en este acto de unión entre Italia y España reside en establecer vínculos romántico- afectivo.

Se sabe de toda la vida de Dios que los italianos son unos ligones y que van por ahí diciendo cosas bonitas a las chicas. Pues en mi caso, no. Mis italianos eran super cristianos respetuosos por lo que hacerme su amiga fue mucho más chachi y fácil, además con ellos viajaba una italiana a la que no tardé en bautizar como: “big mamma”.

Nos adentramos a conocer los pueblitos juntos, pueblitos y ciudades: Oxford, Salisbury, Bournemouth… Comportándonos como verdaderos guiris, por cumplir un poco con los estereotipos hicimos fotos de todas las cabinas de teléfono que nos encontramos por el camino (aquí son más molonas que las nuestras rotas de Telefónica, debe ser porque aquí las usan y todo…) y cantamos canciones de fiesta en español, pasamos unos bonitos días de “verano” (lo entrecomillo porque explicar lo que es el verano en Inglaterra probablemente requiera un capítulo aparte). En nuestra primera semana yo ya era “la típica ragazza ispagnola”,  amiga de todos ellos.

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Pero como toda historia buena y bonita que se precie… llega el momento de la comedia romántica. Y digo comedia romántica porque no puede tener otro nombre. “L”, uno de los chicos del grupo (el más guapito) empieza a intercambiar miradas coquetas con aquí la mendi.

“L” era un Napolitano que se enorgullecía de ser napolitano pero no italiano (algo así como los catalanes en España). Muy tímido y reservado,muy buen chico, con carrera de provecho, rozando la treintena, guapete y con mucho estilo, al que parecer las mujeres eran su asunto pendiente porque había querido centrarse en la carrera. Todo esto debe ser porque es un buen cristiano, porque yo os juro que un italiano con ese porte y posición, solterito en Nápoles no acaba… pero bueno, que muy majete.

El susodicho no dejaba de vacilarme y hacerse el gracioso, manteníamos un tonteo muy sano típico de un adolescente de “highschool” americano. Vaya, lo típico; que si te tiro de la capucha, que si “jo que malo has sido ahora te quito la galleta”, ahora te tiro agua de un estanque mugriento y oloroso (esta bromita me dolió amargamente).

Todo era muy inocente hasta que un día le observé mirando al cielo y suspirando cosas en raro y  se me ocurrió preguntarle:

  • ¿Qué te pasa?
  • El mundo entero per la testa me pasa._ me respondió.

Este fue el fin de la paz.

A tres días para regresar a Italia, “L” encontró mis pies debajo de la mesa en la escuela y empezó a acariciarlos con una suavidad poco típica de un adolescente de highschool.

Su mirada se me clavaba cada vez que se me ocurría dar una aportación en clase y una especie de hilo transparente brotaba desde su pecho para anclarse en el mío y darnos la paz que tanto necesitábamos.

Él también estaba solo. En bastantes ocasiones nos habíamos sentado a hablar para conocernos mejor. Él me contaba como tuvo que irse de Nápoles a Milán para encontrar trabajo. Ahora vive allí, en Milán, pero toda su familia se encuentra en Nápoles y la soledad se le hace infinita. Digamos que está en el momento perfecto para encontrar una “donna” que supla ese vacío que te invade en el pecho cuando llegan las diez de la noche y tienes un solo plato en una mesa grande de un salón que sí puedes pagar. Sólo te planteas compartirlo; el plato, la mesa, el salón y la soledad, para que se convierta en la mejor compañía posible: el amor.

Una corriente de ternura me invadía el cuerpo al escucharle y en cierto punto le comprendía muy bien. Yo también he dejado mi casa y estoy lejos de mi hogar, pero no necesito un hombre para compartir mi plato sino más bien un camino sin obstáculos por el que caminar durante horas hasta encontrar mi lugar en el mundo.

Empáticamente incompatibles.

Sin embargo esto no impidió conectar y conocernos como es debido, como solo dos adultos ansiosos por conocer se pueden encontrar. Sus abrazos me hacían sentirme un poquito más como en casa y yo para él… simplemente creo que signifiqué mucho más.

Románticamente incompatibles seguimos paseando por las calles de Crichu, compartiendo conversaciones en un idioma inventado conocido como el: “espanglistano”, analizando su mente y abriendo su corazón. Él me explicó quién es Dios y las cosas que hace y me confesó que Dios es amor y bondad pero también diversión y placer.

  • Dios no es un ser malo, él te ama y ama todo lo que te hace feliz._ fueron sus palabras.

Rezó por mí, para abrir mi corazón a Dios y yo sentí no haber encontrado a este hombre en otro momento del camino.

Me invitó a Milán y a día de hoy sigue haciéndolo.

Un día cuando caminábamos al atardecer por los alrededores del priorato se paró en seco y en medio de un pasadizo de plantas enredaderas y rosas amarillas me dijo:

  • Emma, I think we should married.

¡¡¿ Cómor?!! En ese momento rompí a reír y le cambié de tema, seguimos caminando y en las orillas de las ruinas de un castillo medieval. Comparé sus ruinas y sus fortalezas con las de ese castillo medio olvidado de la faz de la tierra.

  • Tienes que ser valiente, valiente y fuerte. No puedes tener miedo a la soledad ni querer suplirla con la primera persona que entiende tu cabeza._ intenté explicarle.

Lloramos, nos besamos y nos abrazamos. Él sentía la pena de marcharse y no verme más, unida a la impotencia de no poder estar conmigo y yo… yo sólo lloraba porque había sido la primera persona capaz de hacerme sentir un poquito humana en estas últimas dos semanas. Un trocito de mi casa se iba con él y el hogar que desprendían sus brazos se desmenuzaba en pedacitos con cada lágrima derramada por él y por mí. Se cortaba nuestro hilo y yo perdía la ilusión cálida de unos brazos sosteniéndome físicamente.

No llegué a amarle, le conocía de dos días y la mitad de mi corazón estaba a pedacitos en España. También tenía a otra persona ocupando el liderazgo de mi cavidad torácica izquierda, pero sí que llegué a querer a este desconocido encontrado en paseos y bahías de un pueblo de la Costa Británica.

Me dijo que me esperaría. No entendió que quizás ese momento no llegaría nunca. Se lo intenté explicar, pero el dominio del “espaglishtano” no dio para mucho. Sentir que podría tener la vida realizada me daba escalofríos pero a la vez una sensación de añoranza.

  • Emma, no. No estás perdiendo ningún tren, tranquila._ me dije a mí misma.

Lo cierto es que a las tres de la tarde de un viernes nubloso, él se fue con mi preciada “big mamma” y sus amigos italianos. No miró hacia atrás, y yo agradecí que no lo hiciera.

A las tres y cuarto de ese mismo viernes nublado empezó a llover en Crichu, el otoño había llegado.

Yo lo sabía e ingenua había creído traer el sol de España. Estaba equivocada, el sol se lo llevaron ellos en la maleta por las calles de Britishlandia.

A las tres y media de un viernes nublado empecé a llorar. Decidí perderme por los alrededores del priorato y las ruinas del castillo y no me encontré, ni tampoco a él. Fue en el instante en el que cruzaba un arco plagado de enredaderas y rosas amarillas cuando mi reproductor aleatorio me regaló “Entre dos aguas” de Paco de Lucía. Y entonces lo comprendí; aquella había sido mi primera proposición de matrimonio.

Unos acordes de guitarra española invadían mi corazón vacío de calor y pasado por agua para dar paso al siguiente paso de esta aventura: vivirla sola.

Pasaron los días y las semanas y los mensajes de “L” eran una constante. Al final tuve que ser clara y dejarlo marchar. Emocionalmente incompatibles y con muchas historias que hacer realidad. Al fin y al cabo, la aventura acaba de comenzar.

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2 comentarios en “Arrivederci Roma.

  1. Se me hace conocida esta historia… Fui una testigo silenciosa de todo esto! Jajaja pero nunca digas nunca, quién sabe que “L” se vuelva a aparecer por tu vida.

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  2. Pero tú como eres tan CRACK!!!

    Sabes que me has tenido pegado a la pantalla de principio a fin y eso no lo han conseguido muchos artículos. Una historia muy conmovedora y muy real. Ánimo que aquí no nos olvidamos de nuestra pequeñaja

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